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Es la pregunta que surge en la cabeza de cualquier inventor de una patente. A pesar que el costo de su registro no es siempre significativo, muchos ambicionan perspectivas financiero positivas.
Sin embargo, dar une precio a una patente es un juego arriesgado. Su valoración existe sólo en la medida en que este asociada a un producto o un concepto accesible al mercado. Pocos pueden pretender a tal reclamo. De 100 patentes registradas en la Organización Mundial de la Propiedad intelectual, 1,6 % logran a volverse en productos estandarizados. De estos, 60% provienen de grandes empresas, las cuales disponen del tiempo y de los recursos necesarios para darle un enfoque comercial a una invención.
A fuera de instituciones establecidas o de grandes empresas, la probabilidad que una patente "en bruto" se mude en “producto comercial” es mínimo, algo irrealista. Si por casualidad se reconoce un valor, la ganancia será poca, cubriendo apenas los gastos incurridos. Desesperados, muchos inventores abandonan el combate.
¡Situación paradójica! La mayoría de los inventores son de "buena fe". Creen sinceramente que su invención contribuye al mejoramiento de las técnicas. Tal como lo demuestran las búsquedas de anterioridad o los informes técnicos, los inventores actúan con seriedad, con responsabilidad.
Pero darle un valor de mercado a una patente se aparenta a un camino de cruces. A cada etapa, se presentan costos incompresibles: consultas, pruebas, validaciones técnicas, planta piloto, referencias, etc. Desde 100 000 euros hasta varios millones. Faltando de recursos, unos inventores buscan subsidios públicos o privados. Pocos los obtienen! Finalmente solitario, le queda al inventor raspar sus economías personales, hipotecar su casa. Finalmente, muchos se encuentran en una especie de incapacidad de actuar.
También el tiempo es un parámetro problemático. Para llevar a cabo su proyecto, el inventor necesita entre dos a cinco años, sin entrada de dinero. El trabajo es amplio: escritura de protocolos técnicos, de procedimientos, de modelos de producción, de fichas de seguridad, etc. Si la innovación es compleja, los documentos se aparentan a tesis de investigación. Adicionalmente, el inventor tendrá que establecer contacto con los actores del mercado: clientes y distribuidores. Inevitablemente, se enfrentará a un laberinto de comités habilitados para comprobar la validez de su invención. Frente a funcionarios celosos de su poder, mantendrá un perfil bajo, tolerando la falta de escucha, quizás el desprecio. Durante el mismo período, la competencia se pueda manifestar. En este sentido, unos estiman que el registro de una patente es una trampa. Su publicación facilita la tarea de los competidores. Si estos últimos determinan un ángulo diferente a la invención original, no tendrán tanta dificultad en imponerse. Asociados a abogados especializados, jugandose de las fronteras, grandes empresas o fundos tecnológicos, se aproprian el trabajo del inventor.
Otro desafío, la Ley. Cada vez, se presenta más complicada, más tortuosa. Bajo el pretexto del motivo de precaución, el inventor debe probar que su invención no afecta al medio ambiente. Curiosamente, las grandes empresas industriales creadas en las décadas 1945-1990, no cumplieron con tales demandas. Pero hoy día, la cuota de entrada es muy elevada. Si, a pesar de los obstáculos, finalmente su producto accede al mercado, tendrá que ser cauteloso con las responsabilidades jurídicas si a caso el producto vendido presenta problemas. Sujetas a una legislación constantemente mas dura, cualquier error puede ser fatal.
En ausencia de una inmensa energía, de recursos financieros importantes, la explotación de una patente de un inventor es tal como un sueno. En todos casos, este ultimo es el solo juez de una iniciativa algo insegura.
François de la Chevalerie, Empresario
Yue Zhang, especialista en propriedad industrial
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